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Contexto geoestratégico de la guerra tecnológica entre EEUU y China

  • Opinión

Estados Unidos China

"A veces, lo barato, sale caro". Además de ser un dicho popular, es una frase pronunciada por el presidente norteamericano Donald Trump en entrevista televisada con Maria Bartiromo, la periodista económica y de negocios más influyente de Estados Unidos, editora de "Sunday Futures" y "Mornings with María Bartiromo" de FoxBusiness Network.

Tribuna de opinión de Jorge Díaz-Cardiel, socio director de Advice Strategic Consultants

Trump se refería, en respuesta a Bartiromo, al “outsourcing” o subcontratación de la producción de productos tecnológicos norteamericanos a empresas chinas con sede en China continental (por contraste con Taiwan, también llamada, China insular) y a la subcontratación de la producción de coches norteamericanos a México. Como sabemos, es una cuestión de menores costes laborales: Silicon Valley subcontrata la producción de chips, semiconductores, redes, ordenadores, servidores y teléfonos móviles a empresas chinas, porque los costes laborales en el país asiático son infinitamente menores que en Estados Unidos. Lo mismo sucede con los tres grandes fabricantes de automóviles de Detroit, que, al trasladar la producción a México, reducen costes, sí, pero como sucede en Silicon Valley, dejan el mercado laboral americano convertida en un erial o, como diría el gran escritor británico-estadounidense T.S. Elliot, “en tierra baldía”.

Sin embargo, enmarcar el enfrentamiento (sea en Tecnologías de la Información o en Automóviles) entre Estados Unidos y China en la constreñida cuestión de los costes laborales es de una gran pobreza intelectual. El marco, el contexto y el trasfondo son mucho mayores. Lo que está en cuestión es la primacía de Estados Unidos como primera potencia económica, empresarial y militar del mundo. Los norteamericanos somos paranoicos. Como escribió Andy Grove, ex presidente y CEO de Intel Corporation, primer fabricante de procesadores del mundo y empresa para la que tuve el honor de trabajar como director de España y Portugal: “only the paranoids survive”; “sólo los paranoicos sobreviven”. La paranoia está instalada en la psicología norteamericana y, en el caso que nos ocupa, desde los políticos y los empresarios a la población general, la pregunta está en el aire, cuando menos desde 2009: “¿perderá Estados Unidos su condición de primera potencia mundial a favor de China?”. Es la cuestión central de uno de los libros del experto en política internacional y buen amigo, Fareed Zakaria (CNN, Time, Newsweek, Foreign Affairs), “The Post American World”, libro de cabecera del presidente Barack Obama, también amigo (y ex jefe). La lectura de esta obra llevó a Obama a preguntarse en el discurso sobre el estado de la unión de enero de 2020 sobre “¿no debíamos haber sido nosotros los que construyéramos el tren bala de Shanghái en vez de China?”. Diez años después, la pregunta se mantiene y explica en buena parte la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2016 con su lema “América first”.

Tras la caída de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos queda como única superpotencia mundial. Primero Bush padre y, después, Bill Clinton, impulsan la globalización y los tratados de libre comercio que, junto al desarrollo intensivo y fuerte de las tecnologías de la información e Internet impulsan el comercio mundial y, en Estados Unidos se vive una época de excepcional crecimiento económico (media de crecimiento del PIB del 5% durante la década de los años noventa y 24 millones de nuevos puestos de trabajo). Entonces empieza la subcontratación de la fabricación norteamericana a China y otros países asiáticos. Pero, conforme a la “destrucción creativa” de Schumpeter, al tiempo que se destruyen negocios y empleos en Estados Unidos (manufactura, agricultura, los que luego votaron a Trump), se crean otros nuevos al albur de la nueva economía del conocimiento.

La globalización no para durante los ocho años de presidencia de George Bush Hijo, pero, tras los atentados del 11S y las guerras de Oriente Medio, las prioridades de Estados Unidos cambian y buena parte de los recursos públicos van a financiar las guerras en Afganistán, Iraq y, después, Siria. Apareció la crisis financiera o Gran Recesión de 2007-2009, la peor para Occidente desde la Gran Depresión de 1929-1946. Y Estados Unidos necesita financiación: China se la ofrece. En 2010, el 32% de los bonos del Tesoro norteamericano están en manos chinas. Una venta masiva hubiera desestabilizado fuertemente más la economía norteamericana. Pero, con Barack Obama, en junio de 2009, acaba la recesión y comienza el período más extenso de crecimiento económico y creación de empleo en 50 años: entre junio de 2019 y febrero de 2020 la economía crece una media del 3% en PIB y se crean 32 millones de empleos, dejando tasa de paro en 3,5%. Barack Obama puso los fundamentos y Donald Trump continuó construyendo. Pero, al mismo tiempo, los norteamericanos dejan de ver en los productos que compran el famoso “Made in América”, que es sustituido por el “Made in China”. Millones de empleos en manufactura se pierden en Estados Unidos a favor de muchos más millones de chinos que cobran un dólar diario y un cuenco de arroz para estar en forma y trabajar 18 horas diarias seis días a la semana. Al abrir la caja de un iPhone se lee: “Diseñado en Estados Unidos” y “Fabricado en China”. Apple, HP, HPE, Microsoft, Intel, Google, Samsung, etc, subcontratan la fabricación a China, por ejemplo, a una -entre muchas otras “ciudades/fábrica”, así se llaman en chino- empresa como Foxconn, con un millón de empleados. Las compañías de telecomunicaciones, como Verizon, AT&T, T-Mobile / Sprint, Comcast delegan la fabricación de redes en conglomerados chinos como Huawei. Igualmente, los fabricantes de chips/microprocesadores, como Intel Corporation, Nvidia y AMD.

El descontento social es tan grande en Estados Unidos que obreros y agricultores votaron a Donald Trump en noviembre de 2016, quien les promete restaurar la gloria de América y repatriar empleos y beneficios empresariales. Trump, con el “América First” ofrece una fiscalidad muy favorable a las empresas TI que decidan traer a casa los beneficios en lugar de dejarlos en las filiales extranjeras: en vez de pagar el 25% del impuesto de sociedades, pagarán un 10% y Apple y HP, Microsoft e Intel, se “apuntan”. Apple llega a poner en marcha una fábrica para 10.000 empleados en Texas y dos viejos enemigos, Tim Cook y Donald Trump, se hacen amigos.

Igualmente, Amazon (Jeff Bezos) ve amenazado su liderazgo mundial en comercio electrónico por Alibaba, propiedad de un ciudadano chino educado en mi alma mater, Harvard, Jack Ma, aunque su empresa vale en bolsa la mitad que Amazon. Trump otorga a Amazon la mitad del contrato de cloud más grande de la historia, convocado por el Pentágono en 2017 y destinado en principio íntegramente a Amazon, pero son años en que Bezos y Trump se llevan mal. Hasta que Bezos pide ayuda a Trump y éste, para recompensar a Bezos “por su humildad” y por la vanidad que le genera al presidente, da marcha atrás en su decisión de otorgar enteramente a Microsoft Azure el proyecto de cloud computing (JEDI) y lo divide a partes iguales entre Amazon y Microsoft. Jeff Bezos y Donald Trump se hacen amigos y, a cambio, Trump pide ayuda a Bezos para luchar contra China, contra Alibaba, para ser exactos. Satya Nadella, CEO de Microsoft no se ofende por llevarse solo la mitad del concurso del Pentágono. Su karma es budista y su alma es pacifista: mejor la mitad que nada, piensa Nadella. Oracle no queda fuera, porque Larry Ellison puede sacar pecho de tener el contrato de Inteligencia Artificial más potente de la historia que le otorga la Agencia Central de Inteligencia. La unión, con estos y otros muchos ejemplos, entre las empresas TI y la administración americana no es sino una vuelta a la colaboración que ya hubo durante la Guerra Fría, solo que con un enemigo distinto: de la extinta Unión Soviética a China.

Primero, Trump desata la guerra comercial contra China, imponiendo aranceles a la importación de productos chinos. Luego, resumiendo mucho, “enfila” empresas concretas chinas porque son una amenaza para la Seguridad Nacional de Estados Unidos y para las grandes empresas TI norteamericanas: Facebook, Alphabet-Google, Amazon, Microsoft, Apple se quejan de una competencia desleal de Tencent, Baidu, Alibaba, Xiaomi, Huawei, entre otras. El caso de Huawei es quizá el más conocido porque vende equipos de telecomunicaciones, teléfonos móviles y redes. Sin ir muy lejos, en España, Telefónica tuvo sus redes en manos de Huawei para el despliegue de 5G. Al igual que Orange, Vodafone, Deutsche Telecom y todas las operadoras de telecomunicaciones europeas. Y norteamericanas, porque también Verizon, AT&T, Comcast, T-Mobile/Sprint dependían de Huawei. Y, también el sector de chips/microprocesadores, con Intel Corporation, Nvidia y AMD dependiendo de Huawei.

Así que llegaron las sanciones de Trump a la empresa china que, como su propio presidente ha dicho públicamente, “ha restado 12 billones de dólares a nuestra facturación anual”. Personalmente, no creo que una alianza de Nokia-Ericsson-Alcatel Lucent sea suficiente para contrarrestar a Huawei. Sería como comparar a “Los Panchos” -con todo respeto- con “The King”, Elvis Presley.

Pero la cuestión de Huawei, Tencent, Xiaomi, Baidu, etc es sólo una parte de la cuestión. China ha entrado en recesión. El 21 de mayo de 2020, por vez primera desde 1978, el gobierno chino ha reconocido que no conseguirá su objetivo de crecimiento económico este año. Y aprieta las tuercas a Taiwán y a Hong-Kong, a pesar de que ellas quieren seguir siendo independientes. Estados Unidos se retira de la Organización Mundial de la Salud, porque cree que está al servicio de China quien, por su parte, “insufla” dos billones de dólares a la OMS; China está construyendo islas artificiales militares en el Mar de China y en el Mar de Japón, lo que ha llevado a Corea del Sur, Japón y Australia a pedir ayudar militar norteamericana. Trump ha respondido con el despliegue de varias divisiones del Cuerpo de Marines (USMC) en los tres países. Y ha enviado la Séptima Flota (70 barcos y submarinos, 300 aviones y más de 40.000 Marines) al Pacífico para proteger a Corea del Sur, Taiwan, Japón y Australia. El coste de la defensa norteamericana lo pagan los países defendidos, excepto la Séptima Flota.

Me preguntaron la semana pasada si era cierto que Estados Unidos y China irían a la guerra (militar). Respondí que no. Por ahora, Trump “se contenta” con exigir a las empresas cotizadas chinas en los mercados de valores estadounidenses, los mismos requerimientos de transparencia informativa que se exige a las empresas norteamericanas.

Jorge Díaz-Cardiel. Socio director general de Advice Strategic Consultants. Economista, Sociólogo, Abogado, Historiador, Filósofo y Periodista. Ha sido Director General de Ipsos Public Affairs, Socio Director General de Brodeur Worldwide y de Porter Novelli International; director de ventas y marketing de Intel Corporation y Director de Relaciones con Inversores de Shandwick Consultants. Autor de miles de artículos de economía y relaciones internacionales, ha publicado una veintena de libros, sobre economía, innovación, digitalización y éxito empresarial. Es Premio Economía 1991